DUBLÍN, WEEKEND (octubre 2017)

Estúpida mente sin brillo, confusa vacuidad.

Mapa cambiante de rostros y lugares,

-calidoscopio a pie o desde autobuses-,

extraviando mi baldía mirada sin disfraz.

 

Alegre sinfonía de voces coloquiales

cual pájaros alegres surcando la ciudad.

 

La noche estalla escandalosa con voces y risas

desmedidas, inundando cada rincón del "pub",

asolando sin tregua un cansancio viajero,

donde oculto, extranjero, mi secreta orfandad.

 

Gaviotas y focas colorean el puerto.

En los acantilados se respira una infancia solaz.

 

No soy de aquí. No pertenezco a esta tierra.

Me pregunto si soy de algún lugar.

 

Tan sólo peregrino, buscando, pasajero insolvente

una olvidada e inconsistente identidad.

NAGUALES Y APRENDICES    (Parodia humorística algo salvaje)

 

     El alumno Pedro no entendía las historias fantásticas del Nagual José Antonio.

-A ver, Nagual, esos animales que pastan bichos y pequeños roedores ¿por qué tienen aletas si no saben volar?

-Pues porque ni tú ni yo estamos aquí verdaderamente, sino en un programa digital que convierte los sueños en virales.

-Me gustaría reírme un rato contigo pero es que no entiendo esos chistes tan raros que me largas.

-No es momento de quejas ni porquerías. Te voy a enseñar una poesía que te abrirá los ojos para siempre.

-Ni se te ocurra Nagual, que te conozco y sé que si la leo ya no podré dormir jamás.

-¿Es que no te das cuenta que el Nagual Rafael va a publicar su quinto libro mientras tú te pasas el tiempo leyendo cómics y rollos de extraterrestres?

-¿Me lo dices porque a veces ronco durante las meditaciones?

-Aunque veo que nunca conseguiré hacer de ti un brujo decente, voy a darte una nueva oportunidad.

     Tras decircon aire misterioso, estas últimas palabras, el Nagual José Antonio desapareció en la espesura.

-Se ha dejado aquí la poesía -se dijo el alumno Pedro-. No sé con qué se va a limpiar ahora el culo.

     Pedro sacó su almuerzo de la mochila y al instante fue devorado por él.   

     El bocadillo digirió al estúpido aprendiz y se convirtió en él. Para Pedro resultó ser un renacimiento con energía extra.

     Enardecido y renovado cogió la poesía y la leyó, a pesar del riesgo certero que corría.

     Como no entendía ni jota de lo que había escrito su Nagual, se puso a cambiar letras y versos hasta que apareció un prístino mensaje:

-"Vuelve tú solo a casa que yo tengo que hacer". 

     Decía más cosas, como que el devenir nos mantiene entretenidos y que el universo depredador era la gran ilusión que nos hacía partícipes de la realidad, y continuaba con otras veleidades sobre la lucha como opción del crecimiento de la conciencia frente al ensimismamiento contemplativo que lleva al descubrimiento de que cada uno somos un gran Dios completamente insignificante...

-Mi Nagual es un verdadero filósofo. Desde hoy recogeré todas sus enseñanzas antes de que se las apropie el Nagual Rafael.

     El aprendiz emprendió el camino tras lanzar una ramita al aire, cuya posición en el suelo le indicaba la dirección que debía tomar para  regresar con D. José Antonio.

     Sin embargo algo debió hacer mal y se extravió por los carrascales, páramos y parameras.

     Agotado se detuvo y volvió a leer la poesía.

     Reordenando de nuevo el texto, pudo leer:

-"Ni se te ocurra moverte hasta que vuelva". "Puedes obtener agua de los cactus si has vaciado ya la cantimplora".

-¡Qué lástima! -se dijo Pedro. -Me hacía ilusión tener un Nagual filósofo.

     A continuación Pedro cogió otra ramita y la lanzó al aire...  

-Demasiados cactus exprimidos para sobrevivir y sigo más perdido que un pedo. Es el momento de usar el móvil. ¡Necesito al Nagual José Antonio ya!

-Así que quieres que vaya a rescatarte. No hay trato. Vence al Aliado que te he mandado y luego hablamos. Por cierto, creía que en el desierto no había cobertura. Hay que joderse con los humanos, no solucionan los problemas políticos pero la telefonía sin cables la llevan a todos los sitios.

-Nagual, por favor, que estoy en las últimas...

-Pues te comes al Aliado y pa lante. No me vengas con la porquería de quejas que acostumbras. ¡Sé un guerrero o vete al carajo!  

-Al menos dime por qué no me funciona la técnica del palito.

-Pues porque primero lo tienes que impregnar en tu orina y saliva.

-¿Por ese orden?

-Por fin lo pillas. Corto y cuelgo chaval.

     Pedro se sintió tan jodido, que el pánico de enfrentarse al Aliado, que se acercaba ominosamente, hizo que se cagara en los pantalones.

-¡Mierda! ¿Para esto necesito yo un Nagual?

     El Aliado encontró al aprendiz indigno de enfrentarse a él. Le dio un par de collejas y se volvió por donde había venido.

-Si salgo de esta me las piro para siempre, lo juro. De momento voy a ver si puedo limpiar los calzoncillos con el último cactus que veo por aquí.

     La noche, mientras tanto se iba instalando en aquellos secarrales como un manto de misericordia. Otros autores prefieren decir que la noche se cernía como un búho sobre el pequeño roedor. Pero esto no es lo que interesa particularmente al relato. De todas maneras a los Naguales estos detalles les preocupan un carajo, ya se sabe.

-Y nunca están lo suficientemente cerca cuando los necesitas -se dijo el apestoso aprendiz, que en vano buscaba un lugar donde cobijarse.

     Amaneció otra vez como si nada. Decidido a recuperar energías, Pedro urdió varias trampas para conejos con la primera luz. Estaba acostumbrado a pasar malas noches, pero carecer de un buen desayuno, con su correspondiente café con leche calentito,  le tenía un poco amargado. Mientras deambulaba buscando una piedra redondeada para limpiarse el culo, tropezó con una serpiente charlatana.

-Payo, ¿qué haces por aquí, si puede saberse?

-Busco hierbas mágicas por encargo de mi Nagual. ¿No tendrás tabaco por casualidad? Ya sabes, para probar las hierbas en un peta de humito.

-No, me dejé el tabaco cuando mi estanquera cerró el negocio para hacerse puta. Quería conocer gente.

-He montado unas cuantas trampas para conejos, repta con cuidado por estos alrededores. Y perdona que te deje en plena conversación. Tengo una urgencia que me acucia cosa mala.

-Nos vemos entonces. Ten cuidado con los Naguales, que ya sabes cómo las gastan mandando Aliados.

-¡Qué me vas a contar, si anoche mismo el nagual D. José Antonio me mandó uno!

-...Y hoy te ha mandado otro.

-¡Joder!, estaba tan preocupado con el café y la giña que no te había reconocido. ¿Qué me aconsejas? ¿Tenemos que pelear?

-De momento no. El Nagual me ha mandado a sacarte de aquí antes de que le agobies con nuevas llamadas desde el móvil.

-Es todo un detalle. Y pensar que ayer mismo no hice otra cosa que renegar de él.

     La serpiente se enroscó al cuello de Pedro como una bufanda. Apretó y apretó hasta casi estrangularle. Entonces sus espíritus se unificaron mágicamente y entre chispazos, nebulosidades, sensaciones de vértigo y locura desaparecieron de allí, mientras un pobre conejo del desierto quedaba atrapado en una de las trampas. 

     “¡Cómo mola ser un narrador omnisciente! ¡Es la hostia, collons! (Supongo que este comentario deberé borrarlo cuando publique un libro con estas historias.)”  

-Avergonzado estoy Nagual de mi falta de tino y de sentido...

 -Razón tienes, cagón, pero ahórrame tus porquerías. De todos mis alumnos eres el más negado. Aún así no tienes de qué preocuparte. Hoy quiero mostrarte la grandeza del alma del Nagual y por ello vas a tener un gran regalo.

-El Aliado serpiente me cae bien, aunque apretar, lo que se dice apretar, aprieta. Sólo me tienes que dar algún detalle para cuidarlo bien y verás que no te daré motivo de arrepentimiento por habérmelo regalado.

-Ni harto vino te doy a Serpentito. No se trata de un regalo a la carta. ¿Te he dicho yo que elijas?

-No, sólo trataba de guiarte para que a tu regalo no le falte el buen gusto.

-No me seas huevón y atiende: Quiero que hagas pareja con la bruja Micaela en el concurso de "Supervivientes al borde de un Abismo de nervios" Ya sabes que a los vencedores se les otorga una parejita de hijos adoptivos sin papeles.

-Pero Nagual, eso no es un premio. Es un marronazo de cojones.

-Bueno, si prefieres tener los hijos naturales ya sabes que la cosa es bastante peor. La Micaela es una destroyer de aprendices.

-Al menos, dime a qué viene lo de tener hijos.

 -¿No te das cuenta de que soy mayor y se está extinguiendo mi línea ancestral? Me están llamando las voces del infinito reclamando mi presencia. Pero al mismo tiempo me recuerdan que no he acabado mi misión aquí: dejar una estirpe cojonuda, quiero decir corajuda.

 -Pues que se enrolle el Nagual Rafael o ponemos un anuncio en la prensa. A mí no me jodas con vocecitas del infinito. Siempre estamos con lo que tú quieres, pero de lo mío nada de nada. ¿Cuándo voy a poder presumir de “poderes” ante la "peña"?

-No eres más que un desagradecido. ¿Quién te ha enseñado todo lo que sabes? ¡Ni se te ocurra decirme que ha sido Carlitos (Castaneda) porque te enseñó 4 pases mágicos de taichí!

 -Propongo que consultemos al oráculo perdido, el de las profundidades impenetrables. 

-¡¡¡Micaelaaa, ven para acá!!!

Dos despedidas personales, para mis padres y para un buen amigo. Los tres desencarnaron dejándo en mi corazón el poso amable de su generoso amor.

 

 

A SIRO Y JUANA, mis padres

 

El amor que nos disteis

florece entre la pena

que siente el corazón.

 

Al  marchar nos dejasteis

vibrando unánimes

en un alma mejor.

 

Que los cielos os colmen

de todas sus dulzuras

y su mejor canción.

 

 

 

 

 PACO GONZÁLEZ  hombre libre

 

Quedamos desconcertados al marcharte de improviso.

Siempre volabas ligero sin importarte el destino,

mas la Parca, enamorada, te raptó sin previo aviso.

 

Audaz, valiente, sereno, y algunas veces esquivo,

surcaste todos los rumbos amante fiel del camino:

el gran Atlas africano, Pirineos, Apeninos…

Reclamado por las cumbres ignorabas el peligro

pese a varios descalabros con tus mejores amigos.

 

¡Cuántas veces disfrutamos las paellas de Cecilio

-sin faltar el tate nunca- con Torete y con Campillo!

Aún recuerdo la excursión que un alegre día hicimos

a las canteras de mármol, y el exquisito cariño

de darnos tu almuerzo al vernos de manduca desprovistos.

 

Navarra y luego Logroño -mochileros peregrinos-

Rafa, tú y yo recorrimos, los tres muy bien avenidos.

Tu nobleza era de ley con quien buscó tu cobijo.

 

Aún recuerdo tu sonrisa -irónico y comprensivo-

y tu razonar sensato de lo humano y lo divino.

 

Hoy, escribo este romance de lo que viví contigo,

compartiendo tu recuerdo, amigo, mi buen amigo.

 

 

 

 

“NADA ES EN VANO”

 

Y de repente el vértigo de un recuerdo fugaz.

Vértigo inesperado irrumpiendo al asalto.

Vértigo de un ayer que presumía inocente

porque viví a la defensiva,

porque soñé en silencio,

porque crecí entre gestos, palabras y experiencias que calaron mi alma de locura,

sin sospechar el vértigo secreto que arrastro desde siglos…

 

A veces frío, poco comprometido, impenetrable si me apuras.

Otras veces sufriendo, comprendiendo, participando sincera, abiertamente.

Dejo aquí mi poso de verdad y mentira, de oscuridad y luz.

 

Vértigo vertido en mi desprevenida conciencia.

Vértigo de la huella sembrada con mi vida

creando realidad, verdad inapelable.

 

Vértigo que sigue reclamando la travesía errante de la especie

con versos más sencillos, más humanos,

puesta la valerosa proa en un destino noble,

inalcanzable  y bello como el aroma en flor.

 

Vértigo de lo que está esperando sin desmayo

porque el camino somos nosotros mismos,

y no logramos alcanzarnos,

tan ciegos y perdidos sin la Luz y el Amor.

 

 

SOBRIEDAD

 

Toda mi vida no ha sido más que exceso.

Además de mis libros y otras mil vanidades

he amontonado años sin arrepentimiento

ni propósito firme de mitigar mis vicios.

Mis confesiones eran una máscara burda

de pertinaz locura y arraigo en la impostura.

No profesé fe alguna o pasión memorable

salvo mi excelsa y torpe egolatría.

Por arreglar las cosas, he proyectado

tributar sobriedad a mi vida,

 -ahora que estoy de vuelta-,

                                                      y dejar la mentira.

Mas no tengo remedio, ¿para qué otra poesía?

 

 

 

LA  FE  Y  LA  BATALLA                                                                                                  

 

He perdido la fe en la batalla                                          

He perdido la fe y he perdido la batalla                                                                          

 

No quiero perder también el tiempo 

en explicar tanto fracaso                                                                                           

cuando ya ni sé cómo o por qué

emprendí esta absurda guerra                                                           

 

-cada vez más perdida-

                                                                          

 contra mí mismo                                                       

EL PERSEGUIDO

Toda mi vida es ya una triste huida,

sin recuerdo preciso de dónde me he fugado.

¿Qué estúpido delito me convirtió en recluso,

si soy un pobre diablo sin recursos ni amigos?

Debió ser hace mucho,

tal vez una traición o rebeldía absurda

me sometió a sus rejas como justo castigo.

Huyo con el hedor del miedo y la vergüenza

por siglos y planetas, sin descanso ni abrigo.

Siempre la soledad, la hostilidad, el frío.

Mis oscuros perseguidores me acechan y acorralan

mientras de mí se burlan sabiéndome perdido.

No se esfuerzan apenas en atraparme nunca,

encuentro escapatorias que parecen descuidos.

Estoy casi seguro que no piensan cazarme,

y me pregunto, a veces,

si aún me andan buscando o sólo lo imagino.

Sospecho que algo más importante les ocupa

y ya no les preocupo demasiado.

¿Para qué necesitan atraparme

y conducirme a una prisión de nuevo,

si han hecho de mí un triste fantasma lastimoso,

un miserable desterrado?

EXCURSIÓN AL PUIG CAMPANA     1 de enero del  2014

 

UNOS DÍAS ANTES

   Al comenzar las vacaciones de Navidad, Mónica volvió a quejarse, como en años anteriores.

-Antes de que nos demos cuenta ya habrá pasado la dichosa Navidad –le dije.-  Además, sólo tenemos tres compromisos, y me parecen bastante aceptables: la visita que hacemos a mi familia la tarde del 24, (este año sin Goya), la comida de Navidad con tu familia en casa de tus padres, (Jose y yo nos pusimos ciegos de cabrito asado), y la comida de Reyes, (comimos como reyes), en casa de tu hermana, de nuevo con tu familia.

-A mí no me molestan como a ti las reuniones familiares, –añadí- pero me fastidia no subir al Puig Campana como hicimos durante 7 años seguidos mis hermanos y yo antes de conocerte. Nos autodenominábamos “Montañeros del uno de enero”.  En una ocasión cronometré dos horas exactas desde la Font del Molí hasta el vértice geodésico. Y la última vez que lo intenté con Emiliano y los perros, (Trosky y la Chiqui), estando tú y yo casados, nos volvimos después de hacer una parada en el albergue. El sendero que seguimos rodea todo el macizo de picos y discurre con escasa dificultad. Emi no se encontraba en forma.

-He decidido –terminé diciendo- subir este año al Puig Campana sin excusas, aunque tenga que ir solo.

-Yo tengo muchos problemas con las cuestas, como bien sabes, y lo paso muy mal. Acuérdate de nuestras experiencias recorriendo el Camino de Santiago. Todavía se me resiente un cuádriceps  desde la subida de cierta pendiente  –me contestó ella.

   Hablando por teléfono mi sobrino Adrián se mostró encantado de acompañarme, recordándome que, además de la ascensión que realizó con nosotros cuando él tenía unos diez años, volvió a subir dos veces más. Una de ellas con su amigo “Mórtimer” (perdón, Pablo).  Mi hermana Maribel me pidió en aquella ocasión que fuera a Finestrat a recogerlos pues habían perdido el dinero para volver en autobús. En realidad se lo habían gastado en “tate”.  La última vez, según me dijo, había subido solo.

   Tanto le di la lata que finalmente Mónica accedió a acompañarme.

-De acuerdo, iré contigo, pero a mí no me metas en líos. Tendríamos que ir por el camino más fácil y no agobiarme con prisas o exigencias.

-No te preocupes, cuando tú quieras damos media vuelta. No me oirás la más mínima queja –le concedí.

   El día 24 de diciembre nos presentamos en casa de mi madre los primeros. Raquel preparó unos sándwiches y sacó cervezas. A mi sobrino Guillermo le regalamos el DVD “Narnia 3” y no paraba de enseñárselo al resto de invitados que fueron llegando intermitentemente.

    A Raquel  le ofrecí una copia en DVD de “Antes del atardecer”, pero no pude contarle nada porque esa peli no la he visto aún.

   Carmen, la novia de Edu, se presentó sola. Saludó y se fue enseguida pues la esperaba su familia para cenar. Antes de irse le mostré una colección de dibujos de su novio que llevé fotocopiados y le gustaron mucho. Le dije que había pensado regalárselos a Edu para que él se los regalara a ella. Unas semanas después los volví a fotocopiar y por fin llegaron a ella.

   A David nada más llegar le felicité las fiestas con 50 €. Cuando me puse a picar en una bandeja de sándwiches me espetó la vieja bromita:

-Te pillé. Se van a enterar todos.  

-¿Para eso acabo de sobornarte? –le contesté.  

-Pues tienes razón. Mejor lo mantengo en secreto.

   A Gema, que le encanta el intercambio de regalos, le ofrecí elegir entre varios objetos de reciclaje y eligió el libro fotocopiado “OM, la sílaba sagrada” de Allan Watts. En contrapartida se fue a buscar 4 acuarelas en papel de arroz con motivos japoneses que acababa de realizar: rama de almendro, cañas de bambú, gladiolo y rosal trepador. Los pusimos en la pared del comedor y sin darle opciones me adjudiqué el primero, recordándole que me tenía prometida una acuarela a cambio del oleo “Patio interior con hamaca” de mi tío Mariano. Luego Adrián se pidió “Las cañas de bambú” y Maribel “El gladiolo”.

-Gema, ya que estás generosa, creo que deberías regalarle a Raquel “El rosal”. Y por supuesto ponerte a  pintar nuevas acuarelas. Realmente eres una artista.

   Modestamente me agradeció el cumplido y yo me sentí orgulloso de tener una hermana tan guay.

-No lo enmarques hasta que le ponga mi marca oriental, pues ahora mismo está incompleto.  

   El cumpleaños de David me lo selló y firmó. Mónica, tras enmarcarlo por 50 €, lo colocó en nuestro dormitorio.

    Emi se ofreció a escanciar un buen vino y yo le pedí que me facilitara sus archivos “epub” con nuevos libros, tal como me había ofrecido por teléfono. 

   Mientras copiaba los “epubs” en el escritorio, entró Adrián y se lió un porro con el “tate” de Emi. Huelga decir que a él también le largué 50 €. Me pasó el porro y me dijo que podía compartir el cogollito de “maría” que le había regalado a Emi nada más llegar. Acepté agradecido y ante su sorpresa me serví el trozo ligeramente mayor y además cogí una chinita.

-Ten en cuenta que yo estoy pelado, y no te preocupes, se lo comentaré a Emi.

    A Emi, que lucía contento, le pareció bien. Luego me pidió que dejara de copiar los ficheros  para arreglar un problema del ordenador. David se puso a la faena y coincidió conmigo en que todo se solucionaba super fácil: borrando el programa coñazo que le avisaba de los supuestos fallos.

   A Maribel le “coloqué” la novela  “Un puñado de polvo” de Evelyn Waugh. Debo decir,  por si a alguien le interesa,  que su relectura me ha resultado deliciosa: diálogos, personajes de época y desenlace exquisitos.

   A Edu le regalé las ya mencionadas fotocopias de sus antiguos dibujos de tinta china a pincel, que guardo desde hace años, cosa que le hizo gracia. Luego le dije que en estas fechas a nuestros sobrinos les dábamos siempre 50 euros.

-¿A cada uno? –inquirió.

   Entonces me pidió que se los diese yo en nombre de los dos, yendo a medias. Al saber que ya era tarde para esa operación decidió donarles la misma cantidad que yo. Si Gema me sorprendió con su generosidad, regalándonos sus acuarelas, lo de Edu, por inusual, pensé que debería pasar a los anales de la historia familiar. Posteriormente Carmen nos contó que aquel alarde le impidió dormir aquella noche.

   Reflexionando un poco comprendí que los regalos dan un punto de ilusión y forjan los lazos familiares tanto como la “sangre”.

   Mi madre estaba muy apagada. Se esforzaba por sonreír cuando la besábamos o le hablábamos. Raquel nos aclaró que el día anterior había estado muy animada, desatada vamos, hablando todo el día sin parar, derrochando energía.  

    Finalmente, estando todos en el salón, pedí la palabra y dije:

-Este 1 de enero Mónica y yo vamos a salir de casa a las 10 de la mañana para subir al Puig Campana. ¿Quién se apunta?

   Todos se excusaron, incluido Adrián. Mónica y yo nos despedimos poco después.

   Me coloqué la acuarela enrollada en el bolsillo de la chaqueta de cuero y cogí una bolsa con basura y otra con las botellas vacías. Al dirigirnos al coche, aparcado en un solar de tierra junto al ambulatorio, eché en falta la acuarela. Pensé un momento y supuse que se me habría caído junto al contenedor de basura al coger una caja de cartón para encender nuestra chimenea. La caja de cartón tenía una envoltura de plástico en la base y yo había tenido que dar varios tirones para desprenderla. Le dije a Mónica que teníamos que volver rápidamente o alguien  encontraría la acuarela y se la quedaría. Por suerte los pocos transeúntes que pasaron por allí no se fijaron en el pequeño tesoro enrollado al pie de la acera. Volvimos a Mutxamel comentando la velada.

    Después de tomar las uvas con las 12 campanadas de TV3, brindar con cava y darnos un beso, como cada Noche Vieja, Mónica llamó a sus padres para felicitarles el Año Nuevo, como cada año nuevo. Yo llamé a mi madre a continuación. Estaban mis hermanas con mi madre, Raquel, Guille y Emi. Me cantaron juntos por teléfono “Me cago en la Navidad, me cago en to”. Luego Mónica y yo nos fuimos a dormir para estar en forma al día siguiente.    

 

LA EXCURSIÓN

   El 1 de enero a las nueve nos levantamos dispuestos a acometer la empresa planeada. Yo lo hice más tarde que Mónica y algo desorientado. No logré encontrar la mochila pequeña de tela vaquera por lo que asumí cargar en la mochila de tela plástica con todo: los almuerzos (mandarinas, manzanas, tomates, queso para untar, lomo adobado y pan integral), bebidas (cerveza y agua), cuchillo, vasos y servilletas.

   Salimos de casa a las 10 horas de la mañana. Ya en la carretera me lié varias veces para tomar la ruta correcta comenzando por la salida en Benidorm y luego con la carretera que sube a la Font del  Molí en Finestrat.

-Es que hace muchos años que no vengo y está todo urbanizado, pero no te preocupes que la carretera la recuerdo. Seguro que es la próxima calle a la derecha.

   A las once aparcamos el coche en la Font del Molí, ahora oculta en una caseta blanca.

   Yo decidí, viendo el espléndido día que hacía, dejar mi chaqueta en el coche y Mónica, más prudente,  decidió llevarse la suya puesta, aunque no tardaría en quitársela.

   Desde el mismo momento en que abandonamos el tramo de carretera Mónica comenzó a protestar, molesta con todo. Yo intentaba animarla sin éxito con sandeces como: “qué buen día hace”,  “pronto el camino será más llevadero”, “el aire de los pinos nos sentará fenomenal”…

   No tardé en sospechar primero y descubrir después que me había equivocado de ruta y que no íbamos por el camino fácil, sino todo lo contrario. Se lo dije a Mónica, que, en vez de protestar, contestó:

-Paremos un poco y subamos despacio. Ahora, al menos,  ya no me cuesta tanto respirar como antes.

   Me alegró que estuviera animada  y se lo hice notar, mientras ella se arreglaba los calcetines completamente devorados por las botas.

    Mientras ascendíamos por la falda baja del primer pico oímos voces. Como parábamos muchas veces a recobrar el aliento las voces se convertían en montañistas que nos saludaban y desaparecían enseguida entre los árboles. A un esforzado grupo de tres mujeres y un hombre, ingleses, les dije bromeando: “That is good”. Una de las inglesas, visiblemente fatigada me respondió irónicamente: “For body”.  Poco después vimos descender por la pedrera a una parejita. El chico le explicaba a ella como apoyar los pies en las piedras sueltas.

   La última pareja que vimos ascendiendo nos superó cuando paramos a almorzar. Eran muy jóvenes  y bastante guapos ambos. El chico nos recomendó bajar por el camino largo. Le contesté que eso pensábamos hacer.

   Poco a poco la ascensión se hizo más empinada y complicada. Agarrándonos a los arbustos y tomándonos nuestro tiempo subíamos poco a poco pero sin llegar nunca a un sitio cómodo.

   Entre repechos, tramos pedregosos y resbaladizos, Mónica acabó exhausta y en una pendiente de piedras sueltas resbaló y quedó completamente tumbada boca abajo sujeta con una sola mano a unas pequeñas matas. La ayudé y cuando se recuperó le expliqué que era mejor bajar y dejarlo. Los nudillos de una mano le sangraban.

   No sé si porque impresionaba mirar la pendiente por donde habíamos subido o porque parecía que faltaba poco para alcanzar la primera altura del macizo me dijo que prefería seguir adelante.

   Yo confiaba en alcanzar el paso entre dos picos conocidos y descender enseguida hacia el camino de vuelta.

    Al llegar a la pre-cima renunciamos a coronar el Puig Campana por lo cansados que estábamos y por las horas que habíamos tardado. Quizás hubiera sido mejor llegar al vértice geodésico, a menos de cien metros y con una pendiente de unos diez metros de altitud, y bajar por otro camino, como debieron hacer los ingleses y la pareja joven.  

   Serían aproximadamente las cuatro de la tarde y nos habíamos quedado solos. Ya no volvimos a ver pasar a nadie.

   Si la ascensión hasta aquella zona llana nos había parecido agónica pronto descubriríamos que aún nos esperaba algo peor. Nos encontrábamos justo al otro lado del pico por donde se hallaba la bajada.

   Se lo dije a Mónica:

-Tenemos que volver atrás y subir por el otro lado de este impresionante pico que tenemos a nuestra izquierda. O continuar bordeándolo hacia arriba.

   Desde allí no se veían las complicaciones que nos esperaban así que emprendimos de nuevo la escalada procurando aproximarnos al pico rocoso.

   El camino se complicaba cada vez más, tanto que hasta a mí me costaba creer que Mónica fuera capaz de superar algunos repechos escarpados. En realidad Mónica es muy buena con los movimientos del Tai-Chi pero carecía de la confianza necesaria para moverse con soltura en la montaña. Además la ascensión se hacía interminable, superior a nuestras fuerzas. Y en cada parada mirar hacia arriba sin ver la cumbre era desolador. 

   Mónica finalmente se hundió. A punto de llorar, desconsolada, dijo:

-No puedo más. Esto es demasiado para mí. No puedo seguir.

-No te deprimas ahora -intenté animarla-, necesitamos todas nuestras energías para salir de aquí. No podemos permitirnos ni un solo pensamiento negativo. Tenemos que sobrevivir. Nadie nos va a sacar de aquí si no lo hacemos nosotros mismos.

   Esto era por desgracia muy cierto pues no llevábamos móvil y estábamos sentados en un saliente al borde del precipicio. Finalmente se serenó y volvimos a escalar.

   Mientras descansábamos una panorámica bellísima del mar entre las faldas verdes de las montañas mostraba el horizonte circular con una curiosa aureola de nubes finas: un precioso crepúsculo que no conseguía consolarnos completamente al sabernos perdidos en una montaña formidable mientras se hacía de noche. Me dije entonces que en vez de preocuparme debía seguir confiando en nosotros mismos.

   Elegí subir entre arbustos, algunos espinosos,  y pequeños pinos porque temía que Mónica resbalara subiendo por las zonas más despejadas y pedregosas. Yo me atascaba a veces con la mochila al pasar entre las ramas y troncos de vegetación más tupida.

   Aunque se hizo de noche y había luna nueva quedaba un resplandor suficiente cuando, más zumbados que dos zombis, alcanzamos la cima del orgulloso coloso.

-Por no hacer un pico hemos hecho dos y aún nos queda bajar toda la falda de la montaña hasta la carretera.

   El sendero de bajada comenzó bien, sin piedras ni demasiada pendiente y con un zigzagueo continuo. De repente desapareció el camino dejándonos una pendiente pedregosa que llenaba toda la ladera. Mónica se cayó varias veces de culo y terminó resbalando sentada. Yo intenté descender deslizándome de pie sobre las piedras pero sentía mis piernas flojas así que hice como ella. Más de 100 metros remamos cuesta abajo sobre piedras y pedruscos.

   Completamente de noche llegamos a un sendero que se volvía cada vez más llano y discurría, según supuse, paralelo a la carretera que permanecía oculta.

   A pesar de la oscuridad se veía lo suficiente y nos mantuvimos en el sendero ante lo arriesgado que hubiera sido bajar por la costera hasta la invisible carretera. Teníamos sed y paramos para comernos las dos manzanas que aún nos quedaban.

   Después de siete horas luchando con las cuestas aún tuvimos que andar de noche dos horas y media más. Caminábamos agotados pero en el fondo felices de haber superado el ascenso más duro y peligroso de nuestra vida.

   Pasamos junto a una zona de acampadas con indicadores. Unos veinte minutos después llegamos al albergue pero no nos detuvimos. Calculé que nos quedaría poco más de un kilómetro para llegar a la carretera. Pero sobre el terreno resultaron ser por lo menos tres.

   Mi “falta poco” que había repetido tantas veces, y al que Mónica solía responderme “no te lo crees ni tú”, ahora, a la vista de las luces del pueblo, sonaba bien.

   Los últimos obstáculos eran algunos rotos del camino a modo de escalones irregulares que hacían renegar a Mónica, quemada por el cansancio y las dificultades acumuladas.

    Me pidió su chaqueta, que yo llevé todo el tiempo atada a mi cintura, pues, lógicamente, la temperatura había descendido. Al buscar los guantes se percató de que faltaba uno. Supuse que se me había perdido al bajar la pedrera.

-No importa. Hemos dejado un recuerdo nuestro a la montaña.

   Miré hacia el pico que quedaba a nuestra izquierda y le di las gracias en silencio. Luego me despedí de toda la montaña pensando que no volvería a subirla nunca más y en aquel momento me emocioné y me embargó un irresistible deseo de llorar un par de veces. Me calmé finalmente y seguí caminando.

   Las luces del pueblo y los chalets se divisaban más próximos aunque seguíamos sin ver  la carretera.

   Inesperadamente ésta apareció ante nosotros. Recorrerla hasta el coche fue como dar un bonito paseo. Comenté la posibilidad de tomar algo en un bar pero Mónica sentenció:

-No, mejor vámonos a casa.

   Al ver el coche, solo en medio del parquin como un perro abandonado, exclamamos con alegría:

-¡Al fin llegamos!

   Rodeamos una pequeña tapia del aparcamiento en vez de saltarla, saqué la llave del coche de la mochila y cogí la bota con agua que habíamos dejado en el maletero porque goteaba.

   Estaba sediento así que bebí un gran trago, se la pasé a Mónica y le pedí que la llevara consigo durante la vuelta. Me puse al volante y atravesamos Finestrat sin ver a nadie.

   Por error cogí la autopista pero me alegré cantidad pues ni para conducir me quedaban energías. Mónica durante el viaje de vuelta experimentó una íntima sensación de felicidad, según me contó al día siguiente.

   En la salida el pago era manual y pulsé el timbre. Mientras llegaba el encargado me terminé el agua. Le dije que no llevaba suelto y me mostró que se podía pagar con billetes. 2’65 €. El letrero estaba delante de mis narices y ni lo vi.

   Encontramos nuestra calle también silenciosa y desierta. Mientras entrábamos al portal comentamos la necesidad de tomar zumo, miel… para evitar las agujetas. Mónica se hizo un tazón de cereales con leche de soja y miel y yo me comí el tomate medio espachurrado que quedaba en la mochila con casi un litro de zumo de granadas, (que no me sentó demasiado bien, que digamos).

   Por intentar que el humor no faltara solté con fingida inocencia:

-Cuando quieras salir a dar una vuelta me lo dices.

-No te preocupes. Antes de pedirte algo así me lo pensaré dos veces.

   Abriendo la puerta de la casa le dije a Mónica que estaba orgulloso de ella, nos abrazamos en silencio y entramos de nuevo a nuestro ordenado mundo de comodidad y seguridad.

   Eran las 10 de la noche. Habían pasado 12 horas desde que salimos con el coche aquella lejana mañana.

 

DÍAS DESPUÉS

   El día 10 fuimos por la tarde a visitar a mi madre. Raquel y Emiliano estaban esperando a Maribel para irse a un bar a ver el partido de liga: Atlético de Madrid – Barça. (Empate).

   Mientras llegaba mi hermana leí este relato a Raquel. Mi madre y Guille no paraban de interrumpir y distraernos.

   A pesar de todo Raquel  lo escuchó con gran interés mirando a Mónica de vez en cuando.

-Sí  hija, sí.  Peor de lo que te imaginas, horroroso. Tengo el culo lleno de hematomas y Pere aún se está sacando espinas de las manos.

-Ya me imagino lo mal que debieron pasarlo. Ah, por cierto -exclamó Raquel después de mostrarnos empatía-, tengo que contarles la ocurrencia de Gema el día siete. Dijo que se le había olvidado completamente la excursión con Pedro al Puig Campana y luego preguntó si no habíamos quedado para hacerla todos juntos el día cinco.

   Llegó Maribel, y al oír la historia, nos explicó que debimos haber llevado un móvil, ya que puede servir como localizador.

    Al día siguiente pillé la gripe.

-Los esfuerzos y tensiones de la excursión te están pasando factura –me dijo Mónica.

   A pesar de todo, pensé, no es mala experiencia  para un jubiladito de 60 años y una mujer de 50 haberlas pasado canutas y mantener el tipo.

   ¿Temeridad? ¿Audacia? No lo sé, pero creo que aún sigo enamorado de esa montaña.  

 

¿FIN?